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Una máquina sofisticada. Así se imaginan algunos que es un ser vivo, por ejemplo, un pingüino. Otros, le dan características humanas, como si de un bebé se tratara: hay tiendas para mascotas en las que los productos –ropa, belleza, complementos, etc.- tienden a imitar el trato que recibe un infante; y, en ocasiones, se le dedican mimos propios de un ser humano. Parece que falte, en cualquier momento, que el animal hable. Eso, al menos, me dice un amigo que, siempre que se encuentra con un perro en el ascensor, tiene la impresión de que lo que le dice al dueño, lo capta el animal; cosa que confirma el amo: si este perro es listísimo, lo entiende todo. Claro, que esto quizá sea propio de la generación de Walt Dysney a la que pertenezco, porque desde pequeñines hemos visto animales que hablan, hasta llegar a babe, el cerdito valiente ovejero.
Simplificaciones. Ni se trata de una máquina ni de un ser humano en estado no consciente o sin capacidad de lenguaje. En el primer caso, porque no se trata de un agregado de componentes (que eso es una máquina) con una respuesta siempre unívoca y predecible, por más que se trate de inteligencia artificial, pues al fin y al cabo, aunque pueda “alimentarse” con datos nuevos, su mecanismo de acción es siempre binario: o sí o no; y no cabe otro. Esto ya lo expuso R. Penrose, al sentenciar que la IA (inteligencia artificial) nunca podrá “comprender” y mucho menos “comprenderse”. Un animal tiene multiplicidad de respuestas. Es verdad que está “determinado” por el genotipo, pero no suele ser idéntico a sus congéneres –porque hay reproducción sexual, es decir intercambio de material genético- y el medio ambiente hará que se exprese en variedad de respuestas (fenotipo) incluso para un mismo individuo. La máquina no puede verdaderamente “innovar” (hacerse nueva y, por tanto, nace vieja); en cambio, la naturaleza sí que puede hacerlo; renovarse continuamente. Con un matiz: lo hace a un alto precio. Cualquier innovación de los seres vivos, si no sale bien, lo pagan con su propia viabilidad, va a su costa. No existe reparación, no se le puede cambiar un “kit” del dispositivo. No hay perdón. Esto constituye un basamento del principio evolutivo.
En el segundo caso, falta libertad. El ser humano es genotipo, fenotipo y libertad racional. Por eso, puede innovar sin estar condenado a pagar ese alto precio, pues puede teorizar, obtener modelos y experimentar; incluso ganar mucho dinero, si la innovación es acertada. Su fracaso, es el fracaso de una teoría, pero no le cuesta la vida, esa es la diferencia; es más, ahora, incluso puede experimentar con modelos virtuales, a una velocidad mucho mayor y a un coste muy bajo. Esto es lo que pasa cuando en el ordenador se configuran, por ejemplo, moléculas proteínicas en 3D y se observa la interacción con otras moléculas. Sirve, entre otras utilidades, para ensayar posibles medicamentos, y lograr una mayor eficiencia de nuevas terapias en un tiempo muy corto.
Hay, sin embargo, una diferencia neta cuando se observa la innovación del hombre –productor de máquinas- y se compara con la innovación de la naturaleza –generadora de seres vivos-. Y esa diferencia es la plenitud de formas, la inagotable riqueza que presenta la misma naturaleza y que nos sigue asombrando, llena de sentido. En suma, si la máquina es el diseño de la sabiduría y perspicacia humanas, siempre intencional, en la naturaleza hay también un portentoso diseño inteligente continuo en el tiempo, finalidad evolutiva que ha de tener en el ser humano su realización plena. La innovación humana es siempre “perfeccionable” en la medida en que adquiere formas más “naturales”, que imitan la naturaleza. En cambio, la propia naturaleza –y ahí nos encontramos nosotros- es “perfecta” y esto remite, en mi opinión, a una suma sabiduría, un Dios no sólo sabio sino amoroso, porque lo estima y da sentido: lo hace digno de existir. Esta es una razón poderosa para apreciar lo que nos ha sido dado. El hombre, que participa de ambos aspectos (porque ha sido innovado como perteneciente a la naturaleza y es innovador como ser inteligente), puede en cierto sentido ser definido como un perfecto (por pertenecer a la naturaleza) perfeccionador (por inteligente) perfeccionable (por libre), y no es un mero juego de palabras. Por eso es necesario que active continuamente ese dinamismo estructural y vital que posee, ya que, como dijese L. Wittgenstein, aunque todas las posibles preguntas de la ciencia recibiesen respuesta, ni siquiera rozarían los verdaderos problemas de nuestra vida.. Esta es la diferencia entre la máquina, la mascota y uno mismo. La máquina no admite satisfacción alguna, la mascota se satisface plenamente en sí misma, el ser humano es un ser esencialmente insatisfecho.
Pedro López García Biólogo. Grupo de Estudios de Actualidad
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